Lo mejor está por venir
El primer milagro de Jesús que se nos registra en el Nuevo Testamento es el de convertir el agua en vino. La ocasión en la que tuvo lugar este “comienzo de los signos” fue en una boda en Caná. Qué ocasión debió de ser, celebración y alegría cuando la novia y el novio se unieron en santa unión, y sin embargo en algún momento quedó claro que la provisión de vino no era suficiente para durar la fiesta. Se habían quedado sin vino y, a menos que algo se hiciera rápido, la ocasión feliz no iba a acabar bien.
Y, sin embargo, entre los invitados estaba nada menos que nuestro Esposo Jesús, que cuando su madre María se le acercó respondió: “Mujer, ¿qué tiene que ver tu asunto conmigo? Mi hora aún no ha llegado.”
Las palabras de Jesús no fueron rechazo, sino revelación. María vino a Él porque sabía quién era Él y que solo Él podía ayudar. Sin embargo, en su respuesta, Jesús reveló algo más profundo respecto a su gloria. Su momento aún no había llegado. Aún no era el momento de que el mundo le contemplara en la plenitud de lo que realmente era.
¿Cuántas veces la vida puede parecerse a la boda de Caná, cuando toda nuestra preparación parece insuficiente y nuestras provisiones y recursos se agotan? Sin embargo, oculto en medio de la circunstancia yace nuestro Novio—atento a cada detalle y plenamente consciente de lo que falta. Amado, no desesperes cuando se acabe el vino, porque el Señor no está ausente en tu momento de necesidad o desesperación. De hecho, a menudo es allí, al final de nuestra propia capacidad y esfuerzo, cuando le invocamos con fe, que Su gloria comienza a brillar. Quien asistió a la boda en Caná está contigo hoy y deja el mejor vino para el final.